A lo largo de cuatro Diwalis

Este es el cuarto Diwali que paso en la India.

El primero fue en el 2009. No había vivido más de tres semanas en este país y ya estaba preparada para sobrevivir el primer Festival de las Luces, mi primer Año Nuevo Hindú. Tenía 24 años y me embriagaba la idea de los Rangolis dibujados con mil colores en el suelo, los constantes petardazos y fuegos artificiales, las lámparas de fuego despegando lentamente, convirtiéndose en estrellas. En mi ignorancia, viajé a Goa, y lo único que me recordó a la idea del Diwali que la Wikipedia me había dado fue un grupo de niños corriendo por la playa con bengalas en las manos. En aquel entonces, la India era un lugar gigantesco, inimaginable. Hasta el mínimo detalle de la cultura despertaba mi curiosidad, mil preguntas, cien libros. El cine me interesaba, las canciones abundaban en mi reproductor de mp3. Eran tres meses en total los que planeaba pasar en Mysore, aquel encantador pueblo al sur de la India, así que no tuve ningún problema en dejarme llevar por esa sensación del recién llegado, esa excitación por lo nuevo. Al fin y al cabo, son sólo tres meses, me dije. Y todo me parecía estupendo.

El segundo Diwali fue inesperado, Octubre 2010 fue el mes con más cambios de mi vida. Con un contrato indefinido recién firmado en una gran empresa, un piso recién alquilado con sólo un colchón en el suelo y una nevera con bandejas de jamón envasadas al vacío, intactas, me acababa de plantar en Hyderabad, una ciudad que ni siquiera me gustaba. Tenía 25 años y muchas ganas de demostrar al primero que pasara que yo era la dueña de mi vida, que ninguna decepción ni ninguna lucha me podían hundir. Aquellos primeros meses en Hyderabad fueron un mosaico de personas con necesidades parecidas, personas que huían, personas que buscaban, personas que querían saltar fuera pero que no encontraban el impulso. Aquel Diwali fue un extraño intento de convertir seis mujeres de seis países distintos en una improvisada familia. Embutidas en saris y kurtas, disfrutamos de Biryiani casero, pintamos un precioso Rangoli rodeado de Diyas y pasamos la noche en la terraza estallando fuegos y petardos.

Sin embargo no tengo recuerdo alguno de Diwali 2011. No sé dónde lo pasé ni con quién, no recuerdo qué hice. Y no lo recuerdo porque lo odiaba. No entendía mi decisión de instalarme en este país, tenía 26 años y sentía que estaba tirando mi tiempo a la basura. La India era cruda realidad, era una sociedad enferma, llena de odio hacia el otro, hacia el de fuera, hacia el de abajo, hacia el del otro templo, hacia las mujeres. Ya había aprendido a ignorar las mentiras que maquillan las realidades cuando las percibe el extranjero. Cuando llegó aquel Diwali yo ya era una inmigrante.

Me quería largar, eso sí que lo recuerdo. Pocas cosas hubo que me ataron a Hyderabad, pero fueron fuertes: ya había conocido a los que habían empezado a ser mi pequeña familia en esta ciudad, los que me salvaban del odio y del rechazo, haciéndolo todo más sencillo. Había grandes momentos, estaba la sensación de no parar de aprender y de cambiar, y había un hombre con el que compartía mil sueños y algún que otro proyecto.

Pero durante este Diwali sentí paz. El año 2012 me había dado terribles momentos y una espantosa sensación de pérdida, pero el festival llegó durante la calma que siempre sucede a la tormenta. Hubo muchos cambios de planes, cambios de energía, siempre siguiendo un aleatorio movimiento Browniano, como una partícula flotando en el agua. Tengo 27 años y sigo en la misma ciudad, que aún sin cambiar demasiado ya ha sido tantos sitios distintos. Desde el tejado de un undécimo piso veo los fuegos artificiales y me siento bien, la ciudad, y el mundo por extensión, parecen convertirse en un océano de posibilidades en el que todos los caminos me pueden llevar a ser yo misma, sentirme libre, estar tranquila.

El Diwali de este año es, para mí, el verdadero Festival de las Luces, el Año Nuevo en el que he encontrado lo que buscaba cuando me planté en este lugar, exactamente cuatro Diwalis atrás.

Gen.

Los Idiomas Comunes.

Estamos de enhorabuena, de celebración. Ayer me enteré de que, de la mano de la editorial Hiperión, ya esta llegando a las librerias el XIII Premio de Poesia Joven Antonio Carvajal. Lo importante es que ese libro va firmado con el mejor de los nombres, que es Laura Casielles, el gato de tres pies, el duende pecoso. Mi Lau.



Y es que todos deberíis leer “Los Idiomas Comunes” porque, como ella misma cuenta,

Los idiomas comunes es una exploración de cómo se deshacen las convicciones que solían acompañarnos, un baile con los rostros que hay bajo las máscaras de las convenciones. En nuestras vidas irrumpe a cada paso lo diferente, lo inesperado, lo extranjero. Estos encuentros tienen la reveladora virtud de darle la vuelta a lo aprendido, dejándonos desamparados en un paisaje en que nada nos es familiar. El lenguaje, el amor, las raíces, la Historia: todo queda entonces en nuestras manos para que lo modelemos de nuevo, dibujando el lugar en que queremos vivir. Los idiomas comunes es la pregunta acerca de qué tenemos para comenzar esa tarea.

Y para daros una pista, os dejo uno de los poemas del libro, uno de mis favoritos.

GEOGRAFÍA POLÍTICA

Los doctores llevan siglos equivocándose:
el corazón se sitúa más bien a la derecha,
tiende siempre a posturas conservadoras.
No sé por qué,
pero he visto más de mil ejemplos,
lleva a la gente a decir casa, mío, patria.

El corazón
no tiene sitio fijo pero tiende,
ya digo,
a la derecha.
No importa lo que pienses.
Él cree en la propiedad y llora por celos,
busca estabilidad,
lo olvida todo
por una certeza falsa de calor;
defiende el país, la familia,
y en cuanto te descuidas
se lanza a veleidades con anillos.

Y ahí nosotros, siempre en lucha
por demostrar que sigue estando,
como afirman los latidos,
a la izquierda.

Laura Casielles
[Los Idiomas Comunes, 2010]

Gen.

¿Vivira Maulah en esas calles?

Os hable de Janeshvar, que iba dormido, hermoso, redondito.

Y estoy segura de que todos pensabais, mientras leiais, que Janeshvar era un niño. Y a no ser por el frondoso mostacho que le adorna el labio superior, podria serlo perfectamente. Pero no, Janeshvar trabaja en el Departamento de Inmigracion de mi empresa, tiene unos 35 años y me acompañaba, por tercera vez, a la Comisaria de Policia, Cuartel de Extranjeria, para que me dieran por fin mi permiso de residencia.

La Comisaria que me toca esta en la zona de Charminar – char es cuatro, minar viene de minaretes, y es el monumento mas caracteristico de la ciudad -, dominio musulman por excelencia. Meterse por estas calles es cambiarse de pais, viajar por una India que nunca hubiera pensando dentro de la India. Los carteles en arabe invaden las calles, ya no se ven caracteres del alfabeto Devanagari, ni siquiera los retorcidos y barrigudos caracteres del Telugu. A veces me detengo a pensarlo, y me parece increible que mucha gente de esta ciudad domine, no solo cuatro idiomas, sino cuatro alfabetos distintos. Los que lo lograron, aprendieron a leer cuatro veces, a escribir otras cuatro.

Por esas calles los rasgos de la gente son distintos, gorrito de croche blanco y barbas sin bigote, ellos vestidos de blanco, con la piel de ceniza amarilla en vez de negro rojizo, cara alargada y narices en gancho. No tienen ojos de estatua asiatica, pero sonrien igual.



[foto: Aijaz Rahi]

Son ellas las que mas asustan por su diferencia. Es simple, chador negro hasta los pies, completo; solo se ven unos ojos bien enmarcados.

Eso pensaba.

Unos pies oscuros asoman por debajo del chador, las sandalias doradas, la pedicura perfecta, pintadas de algun color bonito, algun rosa brillante con purpurina. Los tobillos bien adornados con cascabeles dorados y ahi asomando, bien apretaditos, unos churidar de colores – los pantalones mas ceñidos, mas presumidos -. Tan colorida, por dentro, tan India, que la diferencia se evapora.

Aqui la gente sabe cuando decir Namaste y cuando Salam Alaikum. Y aun sabiendo cuando hablar de Allah y cuando referirse a Sri Rama, aqui muchos piensan que lo mismo da.

Hace casi un mes hubo un juicio. No cualquier juicio. El juicio.

Un caso que lleva complicando la relacion entre hindues y musulmanes durante los ultimos 60 anios.

Empezo la cosa hace 500 años, cuando durante el reinado de Babar se construyo una mezquita sobre las ruinas de un templo hindu donde curiosamente, habia nacido el dios Sri Ram. Siglos despues los hindues se sintieron ofendidos, en 1949 aparecio milagrosamente un idolo de Ram y empezo la disputa. Desde entonces ha habido, entre unos y otros, protestas, derrumbamientos de mezquita, atentados, motines, matanzas y mil historias horribles de violencia e incomprension.

En un pais donde la media de edad es de 25 años, despues de 60 monzones dandole vueltas al asunto, varias generaciones ya pasadas, la gente esta harta del tema, pocos tienen ya algo que ver con eso. Toda la esperanza estaba puesta en un veredicto que, un 30 de Septiembre, 2010, pusiera un punto y final en esta historia.

Muchas empresas de IT declararon el dia libre, se preveian conflictos, la policia en alerta roja, dispositivos preparados para cualquier cosa, especialmente en ciudades mayoritariamente musulmanes, como esta. No salgas a la calle hoy, me decian mis amigos. Asi que me trague, en la tele, el veredicto completo.

Y vi algo que nunca pense que veria. Un juicio en el cual se decide que, efectivamente, tal dios nacio en tal lugar.

El veredicto final fue la reparticion del templo en tres partes, dos de ellas para comunidades hindues, la tercera para una institucion musulmana. Y como a los partidos politicos religiosos no les importa demasiado cumplir las expectativas de la gente, el veredicto no fue aceptado por la parte musulmana.

Yo preguntaba y preguntaba. Queria saber que opinaban mis compañeros de trabajo, gente de mi edad, gente musulmana o hindu o de lo que sea.

Y entonces Suryakalyan me dijo:

“Mandhir to ban jaayega par Ram kahase laaoge?
Us masjid ki deewaron ko kya pak kabhi kar paaoge?
Jis chaukhat par log jale Ram waha naa jayenge,
Jin galiyon me khoon gira, kya Maulah wahan reh paayenge?”

Un templo sera construido, pero ¿como hacer que Lord Ram lo habite?
¿Como limpiar las paredes de la Mezquita?
Ram no vivira en el lugar donde gente fue quemada.
¿Vivira acaso Maulah (Allah) en las calles donde la sangre fue derramada?

Curiosamente mi nueva casa esta en dominio musulman. Las voces entonando poojas (rezos hindues) me despiertan por la mañana, y la llamada al rezo desde la mezquita me recibe al llegar a casa.

Y aun me quedan tantas cosas por entender.

Gen.

Fotografias (I)

Mi casa aun esta en obras.

Faltan las barras de los armarios, las baldas del salon, colgadores en los baños y la ventana de uno de ellos. Un trozo de marmol negro en la cocina y, por ultimo – para cerrar – el pomo de la entrada.

Entonces todas las llaves seran mis llaves, comprare, amueblare y decorare, pero lo mas importante, deshare, por fin, la maleta – llevo casi tres semanas viviendo en un receptaculo de 80x40x30. Hasta entonces, mis cosas son mas mis que cosas. Habitan encerradas, poseidas bajo llave – porque nunca se sabe -, mas poseidas que usadas.

Por eso, hasta ahora, mi camara no ha capturado ninguna imagen. Y no precisamente por falta de imagenes, porque en mi cabeza se van guardando a miles.



Amanece pronto y atardece tambien pronto. Pero el atardecer es increible. Se puede mirar de frente al Sol, rojo como un tomate, gracias a la nube densa de polvo que envuelve los tejados y que, como una tela, se tiñe con la luz. A esta hora – pronto – el cielo toma el color de todas las cosas. De las rocas, de los saris, de la piel rojiza y antigua.

Janeshvar duerme en el asiento de alante. Es hermoso, con esos ojos asiaticos como de estatua ancestral, y un tilak rojo – color cielo – entre sus cejas, marcando un punto de luz en su cara oscura. Es tan pequeño, redondito, y con una sonrisa tan sincera, tan bonita, con esos dientes tan blancos. Pero ahora Janeshvar no sonrie, duerme en el asiento de alante mientras que, a su derecha, el taxista hace maniobras suicidas entre acelerones y frenazos. Lo mejor es que mientras conduce a lo cafre, tararea una melodia lenta, como tranquila. Como una nana.

Fotografia.

A base de pitidos, mi taxista advierte que adelanta. Una moto con tres ocupantes se echa a un lado. Tan normales, tres, bien apretaditos. Al pasar a su lado los observo: Tres muchachos jovenes, con bigote los tres, se dirigen a la comisaria. El conductor, seriecisimo, firme, lleva como una percha un traje de policia. Parece que no viviera en una ciudad tan caotica, sucia y contaminada como esta, de lo blanca y planchada que luce su camisa. Tambien, planchado y limpito, en la cola de la moto va sentado otro policia.

Su muñeca izquierda va esposada a la muñeca del muchacho que se sienta entre los dos polis. Con los pantalones llenos de barro y una sucia camisa de cuadros que al principio fue blanca y ahora es de aquel color rojizo – el de todas las cosas -, apoya su cara llena de polvo en el omoplato del policia conductor. Como un niño, indefenso, el caco llora mientras se lo llevan.

Fotografia…

Gen.

El Filtro.

Al principio decia, esta lluvia no me deja ver. De tan espesa.

Pero hoy me he percatado de que, en realidad, es al reves. Esta lluvia actua como un filtro contra lo mentido, lo inventado y lo soñado, limpia la realidad y te la deja ver, como recien salida de un lavacoches, impoluta. Reluciente.

Las cosas se ven mucho mejor tras una cortina de lluvia monzonica. Estos tres meses son, por lo tanto, una epoca delatadora, les deja expuestos. Los colores se convierten en gris y marron, el sol se oculta rapido y los contrastes son menores. Todos estamos, a la vez, manchados de barro el mismo tramo de pierna. Todos caminamos descalzos por las riadas.

La espiritualidad hace ya mucho tiempo que deje de verla, y ahora lo exotico se difumina. Me sorprende darme cuenta de que, detras de esa loca secuencia de fonemas nasales con los que el conductor habla Telugu por telefono, en realidad se esconde la conversacion mas trivial y previsible de las que se escucharon hoy en la linea 6 de metro, Principe Pio-Moncloa.

Quizas es la epoca del año pero, maldita sea, somos todos tan iguales.

Mientras disfruto de la lluvia, me desespero buscando piso. Y desde el unico internet que tengo, escribo aqui, por primera vez, sin musica y con una foto sacada de Internet. Hasta pronto.

Gen.

Algunas Noches en Vela.

Hindustan Times.

Supongo que me gustó, que se quedaron demasiadas cosas allí por hacer – igual que se quedaron en Buenos Aires, igual que se quedarán cuando vuelva, igual que se quedarán en cada sitio – que la música se metió dentro de mí. O que quizas pertenezca, por el momento, a la tierra donde todo viene escrito en un cuento (Saraswati vigilando a su esposo desde las alturas).

Supongo que me gustó, que no pude soportar la idea de darle un final tan pronto. Así que mañana a estas horas estaré sobrevolando el Mar Arábigo, mirando desde arriba cómo se recorta la costa Oeste del país que será mi casa durante los próximos meses.

Quién sabe. Me voy con alas en la maleta, con un cuaderno en blanco y una varilla de incienso para decirle a Ganesha: “Namaste. Qué tal. Volví antes de lo previsto”.

Gen.

La estupidez del insomnio.

Me di cuenta anoche de que la razón por la que no podía dormir era el extremo calor que sentía en el pulgar de la zurda. Tras 720º de vueltas sobre mí misma, opté por cambiar de posición. Los pies hacia el cabecero de la cama. La cabeza donde los pies.

Y desde esa perspectiva descubrí un mundo nuevo. La luz rosa de la noche madrileña – familiar, como siempre, mía – convirtió el ático de enfrente, cuadrado y plagado de chimeneas y ventanucos circulares, en la cubierta de un barco de carga, que zarpaba, siguiendo la paralela del marco de mi ventana. Cuando me agotó el vaivén de las olas, presté atención a las tres estrellas gigantes de papel que cuelgan en mi techo.

– Desde los pies se ven mejor – pensé.

Descubrí, también, que no me hace falta variar mi posición para soplar fuerte y perderme en sus giros – que se tocan las puntas, que se chocan, que se mecen o se detienen.

Soplo un par de veces más hasta que me canso.

Después me percaté de que el giro lento, agotado, de una de ellas, si logro ignorar el siempre presente factor de la perspectiva, se convierte en un puntiagudo pez bidimensional que va abriendo la boca y cerrando las aletas, despacio.

Incluso antes de cansarme de mirar el pez me doy cuenta de que en el dedo gordo de mi mano izquierda sigue sintiéndose calor.

Creo que al revés dormiré mejor. Por lo menos acabaré durmiendo a pesar de los nervios que tengo por irme, por segunda vez, a vivir a la India.

Gen.

El Tercer Continente.

Como en un trampolín, desde Sudamérica ya vislumbro el siguiente viaje. Este es el año de los tres continentes, vivo en Argentina siendo europea, y en escasos dos meses estaré haciendo la maleta para marchar a mi siguiente cruz en el mapa.

Me voy al sur de Asia, al sur de mi idolatrada India, a una pequeña ciudad tranquila y apacible a trabajar, o estudiar, o ambas, bajo el yugo de una novísima y enorme empresa de Tecnología de la Información y la Comunicación.

Lo bueno es que nos juntamos muchos en la misión de explorar el universo. Aún nadie salió del planeta, pero por el momento ya somos dos en Asia, dos en África y otros dos en América, norte y centro.

Mientras tanto, los peces vuelven a flotar sobre mi cabeza. Les estaba extrañando, chicos.

Gen.

Os Presento, Un Artista.

El primer día de clase de pintura, volví a casa enfadada.

Me imaginaba un aula enorme, todos con caballete y lienzo, y un profesor dando vueltas, mirando, dando consejos, enseñando técnicas, haciendo nuevas propuestas. La realidad del primer día se me hizo muy distinta. Un profesor alabando lo abstracto muy por encima de lo figurativo, eliminando cualquier rastro de objetos o caras reconocibles de un cuadro para dejarlo todo en un mejunje de colores, rayitas, circulitos. Un profesor que convertía lindas propuestas de alumnos en una de esas pinturas que generalmente ignoro en un museo.

Era extraño, ya había investigado la pintura del profesor y me fascinaron sus cuadros. Lejos de encontrarme una ristra de abstractos porque sí y sin sentido, dí con una paleta de colores maravillosa y un imaginario extraño e inquietante; de esas cosas que me gustan a mí, juguetes, perros, vacas soñando mariposas, reuniones bizarras, batallas de ajedrez y platos llenos de objetos absurdos. Sin embargo en clase la cosa era diferente.

Lo bueno es que en esa clase conocí a un gran artista. Entre pinturas negruzcas y siniestras, Rodrigo me dejó ver su cuaderno, quizás no tan negruzco pero sí igual de siniestro. Su dibujo era la perfeccion, el trazo exacto, la sombra perfecta, lo hiperrealista de lo surrealista. Entre bromas comentábamos esa obsesión por lo abstracto que no entendíamos ninguno de los dos.

Pero un día Gabriel, entre vino y patatas fritas, explicó el por qué de tanto abstracto.

“Si te enseño a poner guías, medir, pintar con exactitud, crecerás limitado. Si hacés exactamente lo que sabés hacer, seguirás limitado. Sin embargo si vos te volvés loco y jugás con cosas con las que jamás jugaste, usás el color, te olvidás de esa perfección, si vos te dejás llevar, quizás encuentres algo más aparte de lo que ya sabés, algo que también forme parte de tí pero que aún esté por conocer.”

Y Rodrigo quedó parcialmente satisfecho con la explicación. Mientras tanto, yo hice uso de mis lápices de colores para retratarle.

Pero, hoy por hoy, aún no lo hizo.

Gen.

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