La eterna cuarentena.

Hemos adquirido el hábito de leernos cuentos por las noches.

En la realidad, un altavoz enchufado al móvil al lado de mi almohada, sonando un audio recién recibido vía mensajería instantánea y mi saco de semillas caliente al final de la cama, junto a mis pies.

En nuestra imaginación, una chimenea donde crepita suavemente el fuego. Enfrente, en el suelo, una manta mullida. Una cabeza apoyada en un regazo, una mano acariciando una oreja, la otra mano sujetando un libro de leyendas tradicionales irlandesas, o uno de relatos cortos de Ursula K. Le Guin.

Ese sueño delicioso sucede casi cada noche, como una cálida rutina de lo que no puede ser. No ahora mismo.

Rutinas.

También he adquirido una rutina de mañana. Una alarma suena temprano y me levanto sin apenas darle al botón de “cinco minutitos más”. Me visto mientras la cafetera empieza a bufar, relleno el termo y me pongo las zapatillas. Llaves, y una excursión a la azotea. El sol me da en la cara, directo, aún frío, según asoma por detrás de los edificios de enfrente. Y practico, entre sorbos de café, mi rutina de una hora de Tai Chi.

En mi imaginación no hay tejados ni edificios, en su lugar solo hierba y árboles. En mi imaginación, el ocasional eco del autobús urbano no existe, solo los pájaros. El viento.

Rutinas para una cuarentena que va a terminar.

Rutinas para reemplazar aquello que, en realidad, no tengo en mi vida normal.

Poco a poco voy abandonando las redes sociales, la constante dependencia en la información inmediata. En vez de eso, la escritura, el dibujo, el regreso al cuaderno de papel – ¡y cómo duele la mano al escribir un buen rato, después de años limitada al teclado de un portátil!-. En vez de eso, un libro sin que asome la necesidad de mirar la hora, la dedicada búsqueda de historias y relatos para añadir a nuestra deliciosa rutina de lectura nocturna.

Rutinas que no me hablan de quién soy, sino de quién quiero ser. Pequeños rasgos olvidados hace tiempo, que fueron dejados de lado por aquello de tirar para alante con la vida. Ese metrónomo rítmico, que no cesa, agotador, nos marca el paso sin clemencia. Rutinas que me han empujado de vuelta a lo que mi mente y mi cuerpo entienden como natural.

Esas rutinas están, de repente, rasgando el tejido de lo que hemos aceptado que es nuestra vida normal.

¡Y qué raro es, de repente, llamarlo “vida normal”! Casi pareciera que es esa la auténtica cuarentena.

Una cuarentena que nos separa de la naturaleza. Una cuarentena que nos aleja del cuidado mutuo, porque el tiempo es tan limitado… Una cuarentena que aliena mentes, que nos adormece, que edifica gigantescos muros de tantas cosas innecesarias que, por supuesto, necesitamos. Estamos en cuarentena de nuestros propios procesos de reflexión, de nuestros deseos de explorar y crecer. En cuarentena de amar, del tiempo enriquecedor que el amar y el cuidar requieren.

Esa eterna cuarentena en la que probablemente volvamos a caer cuando todo esto termine.

Mis recién adquiridas rutinas me están salvando de la cuarentena, sí, aunque quizás no de la que todo el mundo se piensa.

Gen.

Y mientras tanto:
Iona Fortune – Zhun

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